Dios de verdad

Conversación teológica con mi niña de 3 años:

Irene: ¿Puedes poner música?
-Yo: Ay, no. Hay veces que es bueno estar en silencio para poder hablar, orar, meditar…
-I: ¿Qué es meditar?
-Y: Pues, para nosotros meditar es pensar en todas las cosas que Dios ha hecho. Para otras personas meditar es pensar en otras cosas…

-I: En sus dioses…

-Y: Exacto, pero nosotros pensamos en el Dios verdadero, no en dioses falsos.
-I: Ah, dioses falsos… ¿Qué son falsos?
-Y: Bueno, son dioses de mentira.
-I: Ah, sí como ídolos…
-Y: Exacto. Como nosotros adoramos al Dios de verdad, pensamos en la verdad.
-I: Sí, las personas que adoran a dioses de mentira piensan en cosas de mentira.


Nuestras acciones y pensamientos reflejan nuestras inclinaciones, nuestras confianzas, nuestra fe.

En la Biblia podemos encontrar la esperanza de saber que Dios nos ayuda a creer y a conocerle. Esa luz deslumbra las más profundas oscuridades y saca a flote el terreno escabroso, desolado y ocupado por todo menos Dios, el cual el Espíritu Santo es un restaurador experto.
Como cristianos no vamos en pos de un alumbramiento, como peregrinan otras creencias y religiones. La identidad de hijos e hijas que nos regala la adopción del Espíritu nos impulsa a hablar de la transición del estado de oscuridad en el que nos encontrábamos y nuestra mudanza a la luz admirable y maravillosa. (1 Pedro 2:9) ¡Ese es nuestro alumbramiento! El trabajo difícil, la labor de parto, lo ha hecho la Trinidad (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). ¿Nuestra responsabilidad? Permanecer en esa libertad a la cual Jesús nos ha llamado. (Galatas 5:1)

La falsedad en nuestro ser no siempre se manifiesta en mentiras literales.
Muchas veces podemos ir tras dioses falsos cuando dependemos de nuestros esfuerzos para alcanzar metas o sanar nuestras heridas.
Nos aferramos a personas, costumbres, actividades, que apaciguan nuestra sed, locura y desesperanza con palabras que parecen luciérnagas que al amanecer desaparece el brillo que pretendía iluminar nuestras oscuridades.
Son ídolos: Todo aquello que sustituye la persona de Jesús (sus palabras, presencia, intervención) en nuestra vida. ¿Cuántos ídolos hemos almacenado para crear puentes entre nuestras heridas, formando la ilusión de que somos personas funcionales mientras permanecemos entre los escombros del dolor? ¿Qué áreas todavía no reflejan lealtad total al Dios de verdad? ¿En dónde has dejado que se entrone la desconfianza, el temor, el dolor, la mentira? En Jeremías podemos leer sobre la idolatría del pueblo, ¡del pueblo de Dios!, cuando preferían beber de cisternas rotas -que ni retienen líquido ni lo producen- en vez de regresar al Agua Viva.

Ahora bien, dejar de pensar en “cosas de mentira”, como decía Irene, no es un simple acto de positivismo. Nos enfrentamos a situaciones reales: dolorosas, hirientes, confusas, drenantes. Esos eventos no pueden ni deben ser ignorados o sustituidos por esperanzas vacías basadas en la disociación de lo real. De igual forma, experimentamos grandes placeres en este mundo: comprensión, pasión, éxito, comunidad. La mentira redunda en la ubicación de esas cosas en nuestra lista de prioridades o enfoques. La mentira redunda en que esas cosas nos definen o satisfacen plenamente. La luz de la verdad de Dios identifica nuestras carencias, pero también nos revela nuestra identidad frente al espejo de Su gracia. El salmista pronunció en un momento de angustia y desolación las siguientes palabras: “Encamíname en tu verdad y enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvación. ¡En ti pongo mi esperanza todo el día!” (Salmos 25:5). Aún en el “no saber” que estaba sintiendo el salmista, pronunció una verdad que iba en contra de sus sensaciones, pero que a su vez le pide a Dios que le encamine y le enseñe a vivir en lo que confía: en el Dios de su salvación.

Mi esperanza, y la de todos los que ahondamos en las Palabras de Dios, es que en Dios no hay variación, no hay mentira, no hay titubeo ni cambio. Su naturaleza es la más confiable que existe en el universo. Él nos redirige con amor a reencontrarnos frente a su presencia y nos capacita para discernirle. Ciertamente, es el Dios de verdad.

1 Juan 5: 20-21 NBLA
Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento a fin de conozcamos a Aquel que es verdadero; y nosotros estamos en Aquel que es verdadero, en Su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna. Hijos, aléjense de los ídolos.

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