Este año Irene entró a la escuela por primera vez. En el proceso de adaptación de nuestra familia, Irene se ha visto retada a relacionarse con otros niños, lo cual la ha obligado a compartir juguetes, dinámicas, áreas de juego, materiales, y más. Cuando regresamos de la escuela, aprovechamos para jugar y hablar sobre nuestro día. A nosotras nos encanta jugar a karate y a cosquillas. Es nuestro momento de ser un poquito bruscas como parte del juego y usualmente terminamos cansadas de tanto reírnos y hacernos patadas al aire. Mientras tomábamos un respiro Irene me mencionó sobre un abuelo que ella había visto pero que vivía en el cielo (en estos días habíamos hablado de mi abuelo y le explicamos dónde estaba viviendo). Le seguí el juego, pero le expliqué que las personas que mueren se mudan al cielo con Papá Dios para siempre y que un día nosotros seríamos los que los veríamos a ellos allá arriba. “Y, ¿quiénes se mueren?”, preguntó Irene. “Bueno, mueren personas que ya están muy viejitas, algunas personas que están demasiado enfermas… pueden morir personas que pasan por algún accidente, o—“. “¡¿Como Jesús?!”, interrumpió demostrando que en ese cerebrito estaban pasando una serie de conexiones. “¡Precisamente! Como Jesús, pero Jesús no murió porque estaba enfermo…”, le dije mientras continuaba recontándole el suceso que ha trazado la razón de nuestra fe cuando nuevamente interrumpe su curiosidad, “¿y por qué murió Jesús?”
Sus palabras parecieron tener resonancia en mi cerebro mientras rebuscaba entre los archivos académicos y teológicos una respuesta que más que sirviera de explicación para mi hija de casi tres años, satisficiera mi propia razón: ¿por qué murió? ¿Por qué murió Jesús, ser perfecto, sin tacha ni pecado? ¿Qué sucedió a nivel espiritual y cosmogónico cuando tomó forma de cruz? Después de usar algunas imágenes que habíamos leído en su Biblia de niños, se me ocurrió lo siguiente:
“Irene, ¿recuerdas lo que pasó cuando mordiste a tu compañero de clase? La maestra te enseñó que esa acción incorrecta tenía una consecuencia. Por eso ella te puso en ‘time out’; se sentó contigo y juntas esperaron unos minutos mientras los demás continuaban jugando en el parque. ¿Sabes que eso mismo fue lo que hizo Jesús?”
-Me miraba con asombro, como que algo estaba comenzando a tener sentido-
“Todas las personas que vivimos en el mundo, mamá, papá, tú, hemos hecho cosas incorrectas y se supone que recibiéramos un gran ‘time out’. Sin embargo, Dios no quería que pasáramos por eso así que Jesús recibió ese castigo para que ahora, tú, yo y todo el mundo, pudiéramos disfrutar de vida junto a Dios. ¡Para que pudiéramos seguir disfrutando del parque y de todo lo que Dios nos ha dado!”
Según Juan 3: 16, la encarnación del Amor fue entregado por aquellos que hemos menospreciado a Dios como la fuente de la vida y la verdad, sobrevalorando nuestras propias definiciones de justicia por encima de la de Él. Aun así, Jesús se colocó en nuestro lugar para que en ese acto se rompiera la condena perpetua que nos había impuesto el pecado. En Romanos 6: 23 podemos leer que “El pago que da el pecado es la muerte, pero el don de Dios es vida eterna en unión con Cristo Jesús, nuestro Señor”. Si nadie se sentaba en ese rinconcito a recibir nuestro castigo mientras jugábamos en el parque, ¿quién lo hubiera tenido que asumir? Solo hubo uno el cual, siendo igual a Dios, no tomó eso como razón para no hacer nada, sino que decidió rendirlo todo por fungir como suplente. En cambio, recibimos Su vida.

Leave a comment