Miren los pájaros. No plantan ni cosechan ni guardan comida en graneros, porque el Padre celestial los alimenta. ¿Y no son ustedes para él mucho más valiosos que ellos? Si Dios cuida de manera tan maravillosa a las flores silvestres que hoy están y mañana se echan al fuego, tengan por seguro que cuidará de ustedes. ¿Por qué tienen tan poca fe?
Mateo 6: 26, 30
Durante el posparto me vi acorralada por mil pensamientos que parecieron surgir todos a la misma vez. Muchos de ellos retumbaban en mi mente como un campaneo incesante, el cual anunciaba un mensaje de distorsión y miedo, inhibiendo mi capacidad de escuchar la verdad. Recreaba escenarios tétricos, desesperanzadores… literalmente puedo decir que era como si hubiera perdido control sobre mi propia mente. Sentía que mi mente era una masa que flotaba en un recipiente el cual me hacía vacilar dependiendo de cómo se movieran las aguas. En los momentos de mayor claridad, recitaba versículos bíblicos con los cuales trataba de disipar la neblina que estaba experimentando, solo para ser azorada nuevamente por el temor y la incertidumbre. Se me hacía difícil creer en que Dios estaba conmigo; sorda ante el vocero de su gracia y presencia.
En todo este proceso, estuve leyendo el libro “Holier Than Thou”, en el cual su escritora habla de la importancia que tiene la santidad de Dios para nuestra fe y nuestra relación con Él. Jackie Hill Perry expone que si Dios es santo, entonces no puede pecar. Si Dios no puede pecar, entonces no puede pecar contra mí. Si Dios no puede pecar contra mí, ¿acaso no representa el ser más confiable que existe? Esto es más fácil leerlo que ponerlo en práctica en nuestra vida cristiana, pero me puso a pensar en si nuestra falta de fe y confianza en el Señor es realmente reflejo de nuestro desconocimiento de quien Él es.
En Marcos 9: 23-24 podemos leer la conversación que tuvo Jesús con un padre preocupado por la salud y bienestar de su hijo quien había sido atormentado por un espíritu inmundo desde su infancia. Jesús le dice: “¿Puedes confiar en Dios? Para el que confía en él, todo es posible”, a lo que el padre contesta “Sí, confío en Dios. ¡Ayúdame a confiar más en él!”. En otras versiones dice “¡Ayúdame en mi falta de fe!”
Primeramente, antes de que Jesús entrara en escena, los discípulos habían intentado reprender a ese espíritu, pero no pudieron. De hecho, había llegado un grupo de personas para ser testigos del milagro para luego quedar defraudados por la impotencia de los seguidores de Jesús. Al ver que Jesús se acerca a ellos, se llenaron de admiración y alegría porque reconocían al que podía, en efecto, sanar al muchacho. Sin embargo, la respuesta de Jesús ante la falta de efectividad de sus discípulos es sorprendente: “¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?” (Mc. 9: 19 DHH) No es que Jesús estuviera cansado de estar con ellos, o al menos eso quiero pensar. La respuesta de Jesús se basa en su asombro ante un grupo de personas que, primeramente, le dicen Maestro, que están constantemente con Él, viendo Su obrar, aprendiendo de Él, pero que no lograron poner en práctica la lección. ¿Cómo sabemos eso? Al final del relato los discípulos le preguntan por qué ellos no lograron reprender al espíritu, a lo que Jesús les contesta “A esta clase de demonios solamente se la puede expulsar por medio de la oración” (v. 29 DHH). ¿Será que ellos no sabían esta información? ¿Quizás optaron por un método más llamativo o visible ya que estaban rodeados de una gran multitud? ¿Será que no consideraron que el orar, algo que Jesús hacía constantemente y que era su espacio para estar en conexión con Su Padre, recibir Su fortaleza y dirección, no era una herramienta útil en ese momento? Conocer a Jesús nos ayuda a entender y confiar que sus métodos son mucho más efectivos que los nuestros. Diría más, son los verdaderamente efectivos. El discernimiento que necesitamos para hacer la voluntad de Dios lo recibimos en oración y ayuno, buscando Su rostro por encima de Su obrar.
Me llama la atención el padre del muchacho quien es el que trae a su hijo para ser sanado junto con su pequeña porción de fe. Sus palabras a Jesús muestran años de intentar sanar a su hijo; casi podemos escuchar su cansancio. Pienso que si Jesús no hubiera hecho algo por él, finalmente se hubiera resignado a tener un hijo controlado por la misma muerte. No obstante, el Dios que venció la muerte le muestra compasión, como siempre, y de manera que desafía su fe le dice “¿Cómo que “si puedo”? ¡Todo es posible para el que cree!” (v. 23 DHH) Lo lindo de Jesús es que Él sabe que el padre tiene fe en Su poder, si no lo tuviera no se hubiera acercado a sus discípulos para que su hijo fuera libertado. El doble propósito de este enunciado es para llegar a la profundidad de la humanidad de este hombre, el lugar donde no podemos esconder quiénes realmente somos y que Dios conoce mejor que nosotros mismos. Desde allí le invita a que confiese su necesidad de una intervención divina y lo lleva a pronunciar las palabras que todos deberíamos tener la valentía de decir “¡Yo creo! Ayúdame a creer más.” Pienso que la honestidad ante los pies de nuestro Señor Salvador es la clave para que Él continúe haciendo Su obrar en nuestra vida y aumente nuestra fe.
Mientras meditaba en este pasaje, en medio de mi proceso de escuchar tantas voces y pensamientos invasivos; vivir en el torbellino de ruido enmudecido de mi mente, Dios me decía “súbele el volumen a mi voz, confía en mi voz por encima de lo demás” y ahí fue que entendí algo: tener fe es subirle el volumen a la voz de Dios. Con esto en mente, pude entender la implicación del versículo que dice “la fe viene por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios” (Romanos 10: 17 RVR 1960). En otras versiones dice “Así que la fe viene por oír, es decir, por oír la Buena Noticia acerca de Cristo.” (NTV) Sé que este pasaje se refiere a la proclamación del Evangelio pero, ¿cuántas veces el Espíritu de Dios no ha intentado proclamar las promesas que Dios ha hecho a nuestra vida pero compite con nuestros pensamientos, con las mentiras, con el temor que turba nuestra mente? Es en esos instantes que tenemos el poder de decidir a cuál voz le subiremos el volumen para que se convierta en nuestra verdad, en nuestra fe.
Este padre, aun sumido en la frustración de haberlo intentado todo para encontrar sanidad para su hijo, decidió acercarse a Jesús y con ese pequeño acto de fe, le subió el volumen a la verdad de que Jesús sí podía hacer algo por él. La fe es uno de los frutos del Espíritu, por lo que no la conseguimos por nuestros esfuerzos humanos: leer más la Biblia, cantar más coritos, ir todos los días a la iglesia, ayunar o diezmar más… La honestidad y la comunión con el Padre abren nuestro corazón para que Él siembre sus frutos espirituales en nosotros. “Creo, pero ayúdame a creer más” fue la expresión que desató el milagro para ese muchacho. Esa conversación honesta con Jesús expusieron las dudas de este hombre, creando así la antesala para el milagro. Sus dudas, temores, no amedretaron a Jesús. Al contrario, sirvieron como el escenario perfecto para, no solo sanar al hijo, sino enseñarle a la multitud y a sus discípulos que todo era posible para aquel que creía, o sea, al que le subía el volumen a Su voz por encima de las otras voces. Interesantemente, cuando Jesús reprendió al espíritu inmundo le llamó “espíritu mudo y sordo” (v. 25). La fe de ese padre desató el volumen máximo de la voz de Jesús en el corazón y la mente de ese hijo, y fue libre.
Las mentiras que estaba creyendo sin realmente querer creerlas me provocaban una tremenda ansiedad e insomnio, aceleraban mi metabolismo y me provocaban comer descontroladamente. En los momentos de menos fuerzas y menos fe, Dios me invitaba a cantar su verdad y a aceptarla aún con mis temores. Recibí libertad. Como a ese hijo, fueron muchos los que, con sus oraciones, acompañamiento, abrazos y presencia, me llevaron a Jesús y le subieron el volumen a Su voz para que yo volviera a confiar y creer. “Tú cuidas de mí. Tú no mientes”, fue la frase que me repetí constantemente en los momentos en los que mis pensamientos jugaban en mi contra y querían que olvidara la identidad del Dios de verdad, santo y perfecto. No es el tamaño de nuestra fe, como siempre había pensado. Más que la cantidad, es el esparcimiento de la misma a través de toda nuestra vida. Siembra una semilla de mostaza (fe) en todas las áreas de tu corazón. Te ayudará a subirle el volumen a la voz de Dios, el ser más confiable que existe.

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