“Bendeciré al Señor con toda mi alma; no olvidaré ninguno de sus beneficios”. Salmos 103: 2
Una de las cosas más lindas de criar a una pequeña persona es verle descubrir su alrededor y a sí mismo. Cada sonido le parece interesante; los colores, sensaciones, todos los espacios parecen ser estimulantes. Irene lleva varias semanas que se encontró las manos. Se las mira, se las aprieta, y sin mucha coordinación se las lleva a la boca. En otras ocasiones se agarra a mi pelo, para ella siendo una actividad divertida; para mamá, no tanto. Muchas veces se agarra ambas manos e intenta meterlas en su boca, estrujando sus pequeños labios los cuales se empañan de una cantidad exorbitante de saliva. De las cosas más graciosas y tiernas es su expresión cada vez que ella se percata de que, en efecto, tiene manos. Sus ojos se abren y su pequeña boca forma una expresión de asombro, el cual repentinamente se mezcla con la emoción y la curiosidad de experimentar con dicho descubrimiento. Y comienza el ciclo: abrir y cerrar puños, meterlos a la boca, tratar de meter uno o dos dedos nada más… hasta que su atención es atrapada por otra cosa, y deja de explorar sus manos, solo para ser sorprendida nuevamente por ellas cuando se percata de que las tiene.
Qué cosa tan graciosa, encontrarse las manos… Uno como adulto casi asume que cuando niño ya sabía esas cosas de su cuerpo. No es hasta que te toca estar del otro lado, criar a otro, que te percatas de todas las etapas por las cuales uno mismo pasó pero que no recuerda o que simplemente fue parte del desarrollo. En el desarrollo de mi fe muchas veces me he visto como Irene. Me percato de mis manos, ¡qué gran descubrimiento! Las uso, las pongo al servicio de otros, las decoro con anillos o esmalte de uñas… las ensucio y las vuelvo a limpiar. De repente, algo sucede y olvido que las tengo… Caigo en una especie de confusión inexplicable y me lleno de desesperanza.
Así me he visto, olvidando que la mano de Dios siempre ha estado, y que su mano está conectada a su rostro, a su palabra, a su presencia. Olvido que en un sinnúmero de momentos es Dios quien con su mano me ha levantado y me ha restablecido. ¿Por qué somos así? ¿Por qué somos tan rápidos para olvidar lo que Dios ha hecho y es capaz de hacer? En la Biblia podemos encontrar muchos pasajes en los que se ve de manifiesto la infidelidad del pueblo de Israel. Esa actitud del pueblo hacia Dios se debe a muchos aspectos, entre ellos el olvido de lo que Dios hizo por ellos y quién es Dios sobre todos los otros dioses. El olvidar y el recordar se relacionan muchísimo con el temor y la seguridad que podemos sentir en diversos momentos de nuestra vida. No sabría si el temor lleva al olvido, o vice versa, pero ciertamente el fruto de ambos elementos conducen al ser humano a confiar más en sus pocas capacidades humanas en vez de descansar plenamente en la soberanía de Dios.
“Mi pueblo ha cometido un doble pecado: me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se hicieron sus propias cisternas, pozos rotos que no conservan el agua”. Jeremías 2: 13
Olvidar el hacer de Dios nos lleva a pecar contra Él ya que le damos prioridad a nuestro temor, nuestra capacidad, orgullo, soberbia, entre tantas otras cosas. Todo esto es un esfuerzo vano que al final del día no nos trae plenitud, sino más ansiedad y temor. Cuántas veces hemos intentado capturar la esencia de esta vida con nuestras manos, pensando que tenemos el control, que tenemos la sabiduría o las fuerzas, y nos quedamos faltos de cumplir con el objetivo o drenados de nuestro ánimo y fe. ¿Será que no acabamos de entender que atrapar el agua con nuestras manos siempre hace que se derrame agua o se escape por algún hueco que nuestros dedos no logran cubrir? Quizás no la derramamos, sin embargo pudiéramos disfrutar más de esa agua de vida si no nos conformáramos con el pequeño tamaño de nuestras manos y dependiéramos de la abundancia que proviene de Dios.
Es en estos momentos de pura humanidad en los que Dios nuevamente se inclina a nosotros, su creación, para revelarse en medio de nuestra debilidad. Cuán feliz sería la vida si nuestra corta memoria espiritual la sustituyéramos por un constante recordar de las promesas y hazañas de Dios. Su poder, su soberanía, su amor, tienen que ser nuestra verdad continua.
Tener presente a Dios por encima de nuestras preocupaciones, proyectos, temores o sueños nos ayudará a entender y aceptar que nuestros esfuerzos tienen un límite; que donde nuestras manos no pueden alcanzar, las de Dios sí pueden. Por eso es que esta frase:
“The hands of the Almighty are at the end of our hands”.
Call The Midwife, Sister Monica Joanne
tiene tanto sentido. Las manos de Dios están al final de nuestras manos. Así de cerca, así de presentes. Nos corresponde soltar nuestras pequeñas manos en las manos de nuestro gran Padre. Cuando olvidemos el timbre de la voz de nuestro Pastor, recordemos que como sus ovejas, no somos nada sin él.
“Me acuerdo de mis tiempo anteriores, y pienso en todo lo que has hecho. Hacia ti tiendo las manos, sediento de ti, cual tierra seca”.
Salmos 143: 5-6 DHH
El salmista reconoce que el meditar en lo que Dios realizó en el pasado es la clave para continuar confiando en Él. De hecho, la acción de extender sus manos a Dios la podemos relacionar con otro pasaje de los Salmos en el que el salmista pregunta de dónde vendrá su socorro; no del cielo, ni la tierra, sino del Creador- Dios. Tender nuestras manos hacia el Señor es un acto de confianza, ya que sabemos que al final de la punta de nuestros dedos, se encuentran los de Él. Él está, no estamos solos.

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