Revisitando “esperanza contra esperanza”

He estado varios días llenándome de información sobre la esperanza. La realidad es que no es un concepto fácil de digerir, aunque así lo pareciera. En mi caso, como una mujer que ama a Dios y que ha decidido por Él, la definición que se me ofrece sobre la esperanza es un tanto diferente, puesto que la esperanza que podemos encontrar en la Biblia no es circunstancial. En otras palabras, la esperanza no está basada en lo que nuestros ojos puedan ver ahora, sino que es parte de una expectativa, la cual se anticipa su cumplimiento. La esperanza es un estado de anticipación sobre un mejor futuro, sobre alcanzar o realizar algo. Vivir para Dios nos confronta con el desafío de no dejarnos llevar por nuestra realidad presente para basar nuestra confianza y esperanza en Dios. Cuando todo el panorama de la crucifixión de Jesús parecía ser final, la esperanza viva se levantó de entre los muertos como esperanza para nuestros escenarios de muerte.

Una porción con la que he estado luchando estos días es la frase “esperanza contra esperanza” que se encuentra en Romanos 4: 18. Abraham fue un hombre que en su vejez recibió una esperanza de vida a través de la promesa de un hijo. Sobre el terreno infértil, Dios habla una promesa de vida, la cual Abraham decidió creer contra cualquier expectativa humana, dando así “a luz” a la frase “esperanza contra esperanza”. Las expectativas de la realidad social y biológica del momento se sometieron a la expectativa del poder creativo de Dios. Los ojos de Abraham vieron la promesa de Dios cumplirse.

Qué disputa he tenido durante esta temporada de mi vida con mis expectativas y las expectativas de Dios… he luchado contra su esperanza. En varios momentos, he querido que mis expectativas sean las que se cumplan, y no las que tiene Dios para mí. ¡Esto nos puede pasar a todos!

Aceptar la voluntad de Dios, por más buena que sea, no viene sino con el precio de tener que dejar nuestra propia voluntad a un lado.

Y creo que eso es lo más difícil de todo… Si la esperanza es “un estado de anticipación de un mejor futuro”, entonces depende de lo que pensemos que es ese “mejor futuro”, de esos planes, de esa voluntad la cual concebimos nuestra. Entonces la esperanza ya no es algo efímero ni pasajero, sino que tiene sus raíces en lo que decidimos y por quien decidimos. Una esperanza basada en nuestros atributos o en nuestras habilidades puede llevarnos lejos, pero nos arriesgamos a sentirnos defraudados cuando el escenario de nuestra vida es trastocado por algo que no podemos controlar. Por otro lado, si basamos nuestra esperanza en nuestro concepto de ser, y no tenemos una visión correcta de quiénes somos, una autoestima saludable, podemos limitar nuestra esperanza a lo que pensamos que no somos capaz de hacer o de alcanzar, por ende, cortándole las alas a la esperanza.

En una ocasión durante mis años en la escuela elemental, un insecto conocido en Puerto Rico como la esperanza se posó sobre mi cabeza. Estaba en la hora del recreo y todas mis amigas formamos tremenda gritería e histeria tratando de sacarme ese insecto de mi cabeza. Fue una experiencia traumatizante, horrible, que resultó con que la esperanza huyera tras nuestros intentos de espantarla, no sin antes dejar sobre mi cabeza una especie de líquido que mis amigas catalogaron como sangre. Es biológicamente casi imposible, pero mi mente de niña fue marcada con esas palabras. ¡Qué lucha!

Así mismo me he visto luchando contra la voluntad de Dios, por ende, contra la esperanza que está intrínsicamente relacionada con su hacer para con mi vida. En la Biblia podemos encontrar un sinnúmero de porciones que hablan de la esperanza que podemos encontrar al aceptar que Dios ha diseñado mejores planes de los que nosotros podemos imaginar. Eso quiere decir, que la esperanza que podemos disfrutar es un tanto distinta a la que nosotros mismos podemos imaginar. En la Biblia encontramos este versículo:

“Pues yo sé los planes que tengo para ustedes —dice el Señor—. Son planes para lo bueno y no para lo malo, para darles un futuro y una esperanza.”

Jeremías 29: 11 NTV

Entender que los planes de Dios son MEJORES que los que podamos diseñar es el comienzo de disfrutar de la esperanza que Él nos quiere regalar. Eso conlleva asumir y aceptar la voluntad de Dios por encima de la mía; entender que mis esfuerzos, mis capacidades, las oportunidades que uno pueda alcanzar, nunca podrán ofrecernos una esperanza que llegue al cumplimiento de esa expectativa de algo mejor, al menos no de forma duradera. La esperanza mencionada en Jeremías 29: 11 no está relacionada a nuestros planes independientes de Dios, sino que depende completamente de la voluntad que el Señor se ha placido en desarrollar para con nuestra vida. ¡Depende de Él!

Incluso, y proceda a leer con precaución: me atrevo a decir que el futuro diseñado por Dios reta nuestras propias definiciones de éxito y plenitud. La sociedad promueve unos ideales que nos esclavizan a obtener cierta cantidad de salario, o tener un tipo de cuerpo específico, o disfrutar ciertos lujos y a todo eso se le llama “éxito”. Jesús redefine eso por completo, retándonos a cuestionarnos sobre qué cosas basamos las expectativas que tenemos para nuestro presente y futuro. Cuando Jesús murió en la cruz para llevar consigo el precio de los errores de la humanidad, incluyendo los nuestros, no sólo fue para que nuestra esperanza fuera que “seríamos salvos e iríamos al cielo algún día”. ¡No! La esperanza de vivir libres de culpa y de resentimiento, mirando el porvenir con seguridad y paz aún sin saber su acontecer, siendo amados eternamente por el único que realmente nos puede llenar, son algunas de las cosas que se convierten en esperanza viva cuando aprendemos a anticipar un mejor futuro bajo el diseño y plan de Dios. Esa esperanza se vuelve nuestra realidad, ya que comenzamos a vivir lo que tanto hemos esperado y nos impulsa a tener que compartir nuestra experiencia de vida para que otros aprendan a vivir plenamente. Eso es alcanzar verdadero éxito. Aquí es cuando Dios me “vuela la cabeza” al demostrarme que no alcanzo a vivir de esa forma por mi propia cuenta, sino cuando aprendo a depender completamente de Él.

Una esperanza independiente de nosotros, totalmente dependiente de Dios.

Cada día se levanta una lucha: aceptar la voluntad de Dios, sus buenos planes junto con esa esperanza viva, u optar por nuestra propia voluntad, con una esperanza que corre el riesgo de tener un carácter efímero o insatisfactorio. Sangrar nuestra vida por querer alcanzar nuestra voluntad y deseos es una opción válida, admirable hasta cierto punto. Pero, así como lo que aquel insecto, “la esperanza”, derramó sobre mi cabeza en mi experiencia elemental, nunca olvidemos que la sangre que ya fue derramada por Jesús, a pesar de todas las veces que luchemos contra ella, siempre seguirá fluyendo para ofrecernos “un futuro y una esperanza”. Aceptarla requiere valentía.

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